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martes, 5 de enero de 2010

Daniel Alcides Carrión (6/6)


La inmolación de Carrión provocó un despertar en la investigación médica peruana. Los científicos superaron la desazón de un país que todavía curaba sus heridas de guerra, y se avocaron al estudio de la temible enfermedad.

La Verruga fue abordada en todos sus aspectos, y produjo numerosos ensayos, que en su conjunto constituyen el mayor aporte de los investigadores peruanos a la medicina mundial.

En 1905, el Dr. Alberto Barton, después de múltiples e insistentes pruebas en su laboratorio, encuentra finalmente la bacteria causante de la Verruga: la Bartonella bacilliformis. 8 años más tarde, por encargo del gobierno peruano de entonces, el entomólogo norteamericano, Charles T. Townsend, identifica al insecto transmisor: el mosquito “Titira” (Lutzomyia verrucarum), que vive en árboles viejos, matorrales y lugares de alta humedad.

La investigación nunca será detenida, la Verruga sigue siendo examinada desde diferentes especialidades. El Dr. Juan Takano, del Laboratorio de Microscopía Electrónica de la UNMSM,  pone la Batonella bajo el microscopio y la amplia miles de veces para seguir determinando su naturaleza.

El Dr. Ciro Maguiña, Decano del Colegio Médico del Perú 2010 – 2011 y Director Asociado del Instituto de Medicina Tropical de la Universidad Cayetano Heredia, desde la Sala del Hospital estudia la sintomatología de la Verruga, y afina las formas de tratamiento; porque a pesar de los antibióticos, todavía sigue cobrando víctimas.


Un equipo de investigadores del “Proyecto Verruga” del Ministerio de Salud del Perú y de la Universidad Militar Norteamericana de Bethesda (USU), en Maryland.

Empezaron su trabajo en Caraz, en la sierra de la Región Ancash, y luego durante tres años se desplazaron a numerosas zonas endémicas.

Según el Dr. Carlos Ponce, Director del Hospital de Caraz: “Han pasado más de 100 años desde que Carrión murió, y aún no tenemos una visión clara de lo que es Bartonella”.

El “Proyecto Verruga” trabaja para descifrar una serie de preguntas que hasta ahora no encuentran una respuesta definitiva: ¿Es el Hombre el único recipiente de donde la Titira toma la Bartonella? O ¿Acaso la Bacteria también vive en otros seres?

¿Está en los inocentes burros, o en los perros, ratones, murciélagos? Sólo en la provincia de Chavín, el Laboratorio de Investigación Médica de la Marina de Estados Unidos en el Perú (NAMRID), del Área de Ciencias de la salud de USU – Bethesda, analizaron la sangre de 2000 animales.

¿Es la Titira el único transmisor de la Bacteria? O tal vez ¿también las pulgas de algunos animales?, acaso ¿se encontrará Bartonella en las pulgas de los ratones en las zonas endémicas?, ¿Las Áreas de Verruga en el Perú tienden a reducirse o se están expandiendo? Son algunas preguntas que posiblemente hallen su respuesta en el informe final de dicha investigación.


Pero hasta que la enfermedad no sea derrotada completamente, hasta que ya nadie enferme y muera consumido por la Verruga, Carrión seguirá repitiendo lo que nos dijo en medio de su gravedad: “Aún no he muerto amigos míos, ahora les toca a Ustedes terminar la obra ya comenzada, siguiendo el camino que les he trazado”.

Daniel Alcides Carrión fue declarado Héroe Nacional del Perú el 07 de octubre de 1991.

Extraído de: "Grandes Biografías". Por: Alejandro Guerrero.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Daniel Alcides Carrión (5/6)


Después de la Inoculación, Carrión volvió a su vida regular, entre la universidad y su cuarto de pensión, habían pasado varios días y su cuerpo no manifestaba ningún signo de enfermedad; pero el 17 de setiembre, 21 días después del inicio de su experimento, sintió un agudo dolor en el pie izquierdo, y dos días más tarde, una fiebre altísima, le confirmó que la enfermedad se había instalado en su cuerpo.


Aun cuando los síntomas de la Fiebre e la Oroya, le provocaron un miedo natural, el investigador que había dentro de él, se puso inmediatamente en alerta, para descubrir y anotar cada detalle de la enfermedad que ya corría por su cuerpo.


¿Qué estaba sucediendo en el organismo de Carrión? ¿Qué procesos ocurrían en la intimidad de su cuerpo? Solo la medicina moderna pueden explicar hoy, las cosas que el joven estudiante no entendía en ese momento.


El agente transmisor de la Verruga es un mosquito popularmente llamado Titira, al que los científicos llaman Lutzomyia verrucarum. Ese pequeño insecto transmite la bacteria de la enfermedad al picar a una persona enferma y luego a otra sana.


A través del agudo piquete del mosquito, la bacteria conocida como Bartonella bacilliformis, entra en el cuerpo humano, y da inicio al proceso de la enfermedad. En el caso de Carrión, él se la aplicó directamente de un brote verrucoso.


Una vez instalada en el torrente sanguíneo, la bartonella comienza a reproducirse, y ataca de inmediato a los glóbulos rojos. Penetra en ellos, y se queda a vivir como parásito en el interior.


Esa invasión de los glóbulos rojos por la bacteria, se agrava cuando aparecen los monocitos y linfocitos, que son las células de defensa de nuestro organismo. Como los glóbulos rojos están alterados por la bartonella, las células de defensa no los reconocen, y comienzan a destruirlos sistemáticamente, persiguiéndolos por todo el sistema circulatorio. Los pocos glóbulos que logran sobrevivir son destruidos en el bazo.


En cuestión de horas, miles y miles de glóbulos rojos, son aniquilados por el propio sistema inmunológico, provocando un debilitamiento general y una severa anemia, que muchas veces provoca la muerte del paciente.


Sin embargo, si el enfermo remonta la fase anémica, después de un tiempo, sus linfocitos y monocitos aprenden a luchar contra la bacteria, entonces esta huye a la piel, formando los conocidos brotes verrucosos, alguno de los cuales no llegan a aflorar. A pesar de que las verrugas dan un feo aspecto al paciente, esta ya es la fase benigna de la enfermedad; pues luego de varios días, los brotes desaparecen si dejar huella.


31 días después de la inoculación, Carrión vivía la etapa más peligrosa de la enfermedad: La Anemizante. Hoy la Verruga se puede medicar de modo efectivo en cualquiera de sus fases, el mártir todavía estaba muy lejos del descubrimiento de los antibióticos.


En esos días le escribe a su padre: “El sábado pasado fui acometido de fortísimos escalofríos, seguidos de una elevadísima fiebre”, pero para no preocuparlo, le miente: “ahora me hallo en el periodo de convalecencia”.


Pronto ya no pudo seguir escribiendo su propia historia clínica, en su cuaderno de notas, ahora se puede leer la dolorosa aceptación de su debilidad: “a partir de ahora me observarán mis compañeros, pues por mi parte confieso, me sería muy difícil hacerlo”. Sus cuatro amigos, los del lejano colegio Guadalupe, serían ahora los encargados de continuar las anotaciones.



Las noches de los enfermos son muy largas, entre dolores y sobresaltos volvía al Cerro de Pasco de su infancia, a ese paisaje frío y desolado de la puna. Su estado era cada vez más grave: Son las dos de la madrugada, escribían sus amigos, y aún no puede dormir tranquilo, delira, pide que apaguemos la luz, y en seguida nos indica que no.


El 2 de octubre, cuando los vómitos y las diarreas lo estaban deshidratando, aun tiene fuerza y lucidez para dictar su gran comprobación: “Ahora me encuentro firmemente persuadido, que estoy atacado de la fiebre del que murió nuestro amigo Orihuela; he aquí la prueba palpable de que la Fiebre de la Oroya y la Verruga reconocen el mismo origen”.


Los médicos que lo examinan el 4 de Octubre en la mañana, recomiendan una transfusión de sangre, pero en ese tiempo aun no se conocían los grupos sanguíneos, y una transfusión, podría eventualmente ser fatal, si la sangre del donante no coincidía con la del enfermo. Carrión sabe que solo le queda aceptar el riesgo.


Sus amigos entonces lo trasladan al Hospital Francés, hoy conocido como la Clínica “Maison de Sante”, único centro médico equipado para transfusiones sanguíneas. Pero los médicos, entre ellos el Dr. Ricardo Flores – primer especialista en transfusiones de sangre en el país - por alguna razón que no ha quedado registrada, deciden postergar la transfusión.


Cuando se inoculó la verruga, la muerte solo era una posibilidad lejana, pero al sentirla próxima, serenamente dijo: “no me arredra (amedrenta) la muerte”. El 5 de octubre, a las 11:30 de la noche terminó su martirio, había muerto para que otros no mueran en el futuro, sólo tenía 28 años.



Desde su Mausoleo en el Hospital 2 de Mayo, donde hasta hoy se recuerda su sacrificio, el inquieto espíritu de Carrión, parece seguir preguntando a través de las brumas del tiempo. ¿Ya hemos logrado vencer a la Enfermedad? ¿Es todavía un problema para los pueblos de la Sierra? ¿Se ha comprobado finalmente el mal de la Verruga?


Extraído de: "Grandes Biografías". Por: Alejandro Guerrero.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Daniel Alcides Carrión (4/6)


La Enfermedad de la Verruga o Verruga andícola, ya se conocía en el Perú desde tiempos precolombinos. Los antiguos pueblos Moche y Chancay la padecieron, y dejaron testimonio de ello en su cerámica.


Se aprecian huacos donde aparecen pobladores de aquellos tiempos, con el cuerpo cubierto de grandes verrugas, hablan por sí mismos de la difusión y el impacto que tenía la enfermedad en las comunidades desde aquel entonces.


La Verruga es una dolencia propia de los valles interandinos que se ubican entre los 500 y 3200 metros sobre el nivel del mar (msnm), y es muy conocida en el Perú, Ecuador y Colombia. En nuestro país, es más persistente en los departamentos de Ancash, Lima, Cajamarca, La Libertad y Piura (Valle Norte Peruano). 


En quechua se le conoce con el nombre de “Sirki” (verrugas de sangre) o “Kccepe; con estas palabras se la diferencia de le verruga pequeña y ordinaria, llamada “Ticti” (Verruga vulgar).


Durante la Colonia, la verruga fue una epidemia que cobró muchas vidas entre los conquistadores. Los españoles atribuyeron su origen a las aguas estancadas de los puquios y lagunas pequeñas. Ellos pensaban que esas aguas despedían una emanación maligna e insalubre, que infectaba a los humanos, haciéndole brotar esos granos horribles que conocían como Verruga; por eso evitaban pasar cerca de los puquios, y por supuesto, jamás bebían de ellas.


Antes de venir a Lima, cuando todavía vivía en su Cerro de Pasco natal, Daniel Carrión escuchó los comentarios acerca de unas fiebres desconocidas, que estaban atacando a los trabajadores que construían el Ferrocarril Central. Se le llamaba Fiebre de la Oroya, en alusión al destino del primer tramo del ferrocarril.


La audacia de su constructor, don Enrique Meiggs, hizo posible que la línea del ferrocarril venciera las gigantescas cumbres andinas, atravesando páramos y nevados, por donde jamás se habían atrevido las máquinas humanas.


Sólo esa fiebre maligna, que batía por cientos a los trabajadores, pudo poner en riesgo su empresa. Los obreros desertaban y huían asustados a sus pueblos, al ver que de cada cien compañeros infectados, veinte no lograban superar la enfermedad; y morían sin remedio en los hospitales de campaña, ante la impotencia de los médicos.





7 mil trabajadores dejaron su vida en la construcción del ferrocarril. Incluso, existe un Puente llamado Verrugas, hoy llamado Puente Daniel Carrión, ubicado en el Km 84 de la vía del ferrocarril central, en Huarochirí, Lima. El puente de acero, esta a 1800 msnm, tiene 218 metros de largo y se halla a 80 metros sobre la carretera central, tuvo tantos muertos por la enfermedad durante su construcción como durmientes (traviesas horizontales) tiene la vía.


Daniel Carrión, que ahora estudiaba la Enfermedad de la Verruga, encontró que los síntomas de la fiebre de los trabajadores ferroviarios, se parecían muchísimo a la enfermedad que él estaba investigando.


En las Historias Clínicas que el coleccionaba, había anotado que los brotes verrucosos eran precedidos de una fiebre similar, también causante de anemia. Pero sus observaciones no lograban cuajar en una teoría definitiva; los numerosos conceptos contradictorios o equivocados propios de la época, lo hacían dudar, revisar conceptos y buscar lecturas más actualizadas.


La Fiebre de la Oroya, en efecto, se parecía mucho a la Verruga; nadie podía afirmar categóricamente, que ambas eran la misma enfermedad. Lo peor de todo, eran las pocas herramientas con que podía contar un investigador de ese tiempo. La ocupación chilena mantenía bloqueados nuestros puertos, y la información científica proveniente de otras partes del mundo, no lograba entrar en el Callao.


Pero los ocupantes al fin se fueron, se acabaron tres años de incomunicación entre los investigadores del Perú y del mundo. Según relata el Dr. Uriel García, ex Ministro de Salud, entre enero a julio de 1884 llega una avalancha de noticias: “todos los estudiantes, los profesores de medicina se admiran de ver existían las bacterias, los cocos, los bacilos”, noticias que recién llegaban al Perú “aprendieron que el hematozoario de Laveran era el causante del Paludismo, descubierta en 1882, el descubrimiento del Bacilo de Koch el mismo año”; es decir, hay toda una avalancha de información que motiva la imaginación creativa de los jóvenes estudiantes.



Carrión se quedó impresionado con el mayor descubrimiento científico de entonces: Los Microbios. El avance de la ciencia había permitido a los científicos asomarse a un mundo microscópico, que era más peligroso para el hombre, que cualquier arma sobre la tierra. Por primera vez se conocía de la existencia de los Virus y de las Bacterias.


Sus dudas empezaban a aclararse, y en todo caso, para conocer a profundidad algunas enfermedades, supo que había un método novedoso y audaz: las inoculaciones. Inyectarse los microbios de una enfermedad y estudiar la evolución en el propio cuerpo.


En su cuaderno de notas escribió: “estas oscuridades, estas incertidumbres, dejarán de existir, estoy seguro, el día en que la práctica de las inoculaciones se domicilie entre nosotros”. No espero mucho tiempo más, hasta ese momento había registrado en nueve historias clínicas, el proceso de la enfermedad verrucosa; decidió que él mismo sería la décima historia.


Qué demostraría al inocularse y reproducir la enfermedad de la verruga en su propio organismo:
Primero: Que la enfermedad era producida por un germen, capaz de pasar de un ser humano a otro. De este modo, quedarían desechadas las teorías que todavía sostenían, que la enfermedad tenía su origen en los vapores de las aguas estancadas.
Segundo: Despejar lo que llamaba “oscuridades” e “incertidumbres”, y confirmar sus sospechas de que había una relación sustancial entre la Enfermedad de la Verruga y la Fiebre de la Oroya. A partir de allí, sería más fácil el recorrido, hacia un tratamiento efectivo.


La mañana del 27 de agosto de 1885, Daniel Carrión llega al Hospital Dos de Mayo, viene resuelto a inocularse sangre del brote de verruga de la paciente Carmen Paredes, una joven de 15 años, a quien había localizado días antes en el Pabellón Nuestra Señora de las Mercedes. Sabía a lo que se enfrentaba al inocularse, no era un hombre ingenuo o puramente atrevido.


En esta sala se disponía a culminar 4 años de investigaciones, sabía y así lo había escrito, que el microbio incubaría en su cuerpo durante un tiempo indefinido, entre 8 y 40 días, y que después le vendría un periodo de malestar general y cansancio, seguido de otro momento de intensos dolores óseos, y fiebres de más de 40 grados. Esos iban a ser sus padecimientos, pero no iba a morir; era un experimento riesgoso, pero la enfermedad no era necesariamente fatal.



Tanto él como el Dr. Evaristo Chávez, su amigo médico, intento disuadirlo, y que luego lo ayudó a inocularse, al ver que su decisión era indeclinable. Esperaban que como otros enfermos de Verrugas, él pudiera salir adelante; sin embargo, Carrión le confesó a uno de sus amigos, que de no remontar la enfermedad, habría pagado con su vida, su deseo de prestar un servicio importante a la humanidad doliente.


Durante los inciertos días que vendrían después, tendría que esperar y observar atentamente su propio cuerpo


Extraído de: "Grandes Biografías". Por: Alejandro Guerrero.

martes, 3 de noviembre de 2009

Daniel Alcides Carrión (3/6)


La Facultad de Medicina “San Fernando” de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en los tiempos de Carrión, funcionaba en pleno Centro de Lima, en la Plaza Santa Ana, y que se conoce hoy como Plaza Italia.


Carrión, con sus libros bajo el brazo, cruzaba entre las vivanderas, que comentaban las últimas noticias de la guerra, y entraba a clases en compañía de sus cuatro amigos del Guadalupe, ahora también estudiantes de medicina.


En ese tiempo, la Facultad de Medicina tenía una plana docente verdaderamente brillante. Casi todos eran investigadores de primer nivel: Leonardo Villar, enseñaba Anatomía; José Casimiro Ulloa, enseñaba Terapéutica; Manuel Odriozola, enseñaba Nosografía Médica, Lino Alarco, enseñaba Clínica de Mujeres. La mayoría de profesores se había formado en Francia, en ese momento el centro de la revolución médica mundial, con exponentes representativos como Luis Pasteur.


Francia, que estudiante no deseaba cruzar el océano para proseguir estudios en las universidades parisinas. Carrión también tuvo ese sueño, que comunicó esa intención a sus padres; pero en esos días el negocio de los pequeños mineros estaba paralizado.


Don Alejo Valdivieso, le envió un carta donde le decía con pesar: “mi querido Daniel, ya comprendo el asunto del que me hablas, de acabar tus estudios en Europa, en donde sin esfuerzo, conozco sus ventajas. Pues debo decirte que en las actuales circunstancias de crisis y cambios de este país, no es posible pensar en ello”. Francia tenía que esperar.


Daniel Alcides continuó sus estudios en San Fernando y en el Anfiteatro Anatómico del Hospital Dos de Mayo, el Centro Médico más grande y moderno de su tiempo. En el silencio de esta sala, los alumnos aprendían la compleja estructura del cuerpo humano: músculos, huesos, órganos inertes; todo debía ser estudiado, diseccionado, conocido prolijamente, para después saber cómo evitar la muerte.





De pronto la guerra estuvo a las puertas de Lima, el pueblo se organizó junto con el diezmado ejército peruano, para impedir la invasión. Lima, resistió encarnizadamente y heroicamente en los frentes de San Juan y Miraflores.


Los profesores y estudiantes de medicina participaron como sanitarios en los frentes de combate. Daniel Carrión, integrando un grupo de socorro, estuvo en la batalla de Miraflores, y pudo ver como desde el mar, las naves chilenas bombardeaban Chorrillos, hasta destruirlo casi completamente.


Lima, no fue destruida, pero no se libró de un largo y minucioso saqueo. Los chilenos, al mando del Vice-Almirante Patricio Lynch, jefe de la ocupación chilena en Lima, ocuparon los locales de todas las instituciones públicas y privadas. La Facultad de Medicina fue invadida, y los alumnos desalojados; sin embargo, San Fernando, nunca dejó de funcionar.


Como una muestra de dignidad, el Decano (1881-1884) Dr. Manuel Odriozola, comunicó al Rector, que a pesar de las circunstancias abriría el año académico. Los profesores acordaron entonces dictar clases en sus propios domicilios, en donde llegaban los estudiantes, como a una reunión secreta.


Maestros y alumnos se reunían alrededor de un mobiliario casero para revisar la teoría; las clases prácticas se realizaban en algunos hospitales cómplices, que prestaban laboratorios, anfiteatros anatómicos y salas de pacientes.


En esas condiciones estudió Carrión, en años de guerra. La vida universitaria continuó así. Hasta que después de tres años de ocupación, los chilenos dejaron Lima, según estipulaba el Tratado de Ancón, firmado por el presidente Miguel Iglesias en el año 1884.


Meses después la vida académica se normaliza y Carrión retoma su antigua preocupación: La Enfermedad de la Verruga. Desde hacía 3 años antes, por su cuenta y riesgo, Daniel Alcides Carrión venía registrando en Historias Clínicas, las características de una extraña enfermedad.


En los Hospitales de San Bartolomé, Santa Ana (ahora Maternidad de Lima) y Dos de Mayo, había encontrado pacientes con síntomas parecidos: Fiebre, Anemia, Intensos dolores musculares y óseos; y a veces, brotes verrucosos.


Los médicos de aquel entonces, pensaban que combatían contra dos enfermedades distintas: La Fiebre de la Oroya y la Verruga Peruana; ambas muy difundidas entre los valles interandinos. Pero Carrión, empezaba a sospechar, que estas dos enfermedades, podían ser una sola.


En mayo de 1885, Abel Orihuela, su amigo y estudiante del tercer año de medicina, enferma y es hospitalizado, el diagnóstico: Fiebre de la Oroya. Carrión lo asiste, y lleno de impotencia lo ve morir. Había esperado secretamente que Orihuela desarrollara brotes de Verruga; pero no ocurrió así. Había muerto con el cuerpo limpio.





Sería entonces cierto, que esta fiebre llamada de la Oroya, era distinta a la otra que terminaba en brotes de Verruga. ¿Cómo saberlo?; él seguía sospechando que era una sola, pero con diferentes etapas. Pero el mundo científico no acepta sospechas, conjeturas o intuiciones, tenía que demostrarlo.


Extraído de: "Grandes Biografías". Por: Alejandro Guerrero.

jueves, 15 de octubre de 2009

Daniel Alcides Carrión (2/6)


Cuando Carrión llegó a Lima, rápidamente pudo percibir los contrastes que dividían a la Capital del Perú. Las diferencias estaban a la vista, bastaba recorrer un poco sus calles: Un centro colonial de casonas, grandes puertas y balcones tallados; y en las afueras, las viviendas rústicas, donde vivían la mayoría de sus casi 100 mil habitantes.


Durante sus primeros días en la capital, caminó por los hermosos balnearios de Lima (Miraflores, Barranco y Chorrillos), construidos con el dinero de la explotación del guano, de los minerales y de las haciendas agroexportadoras. Posiblemente quedó maravillado por la visión del Océano, tan plano y extenso, y en tono diferente, al paisaje accidentado y pétreo de su tierra andina.


Pero él había venido a buscar la Lima intelectual, la capital ilustrada, la de los maestros que escribían en los periódicos y publicaban libros. Esa Lima, empezaba en el Colegio Guadalupe, el más antiguo y prestigioso del país, donde se matriculó para terminar su secundaria.


Los hombres que dictaban clases allí, eran más que profesores, eran los líderes intelectuales de la época; y los alumnos, casi niños todavía, tenían la oportunidad de compartir con ellos, las teorías más novedosas y las ideas más avanzadas de la época. 


Los días escolares también amigos, su carácter reservado se abrió a 4 condiscípulos, con quienes empezó una larga y entrañable relación. Sus nombres han quedado unidos al suyo: Mariano Alcedan, Casimiro Medina, Enrique Mestanza y Julián Arce. Años después, todos ellos estarían junto a su cama de enfermo, cuidándolo y alentándolo, cuando realizó el riesgoso experimento de estudiar la Fiebre de la Oroya en su propio cuerpo. 


Tal vez estos 4 amigos sonrieron sorprendidos cuando Carrión les comunicó que había pensado ponerse un nombre más, para unirlo al de Daniel, con el que lo bautizaron sus padres. Quería llamarse Alcides, porque en el curso de griego, había descubierto que "Alcides" significa "fuerte y sereno ante las adversidades". El quería desde ese momento, honrar y merecer ese nombre. Y así se quedó: Daniel Alcides, por decisión propia, y para siempre.


Terminando sus estudios escolares, los 5 amigos ingresaron a la Facultad de Ciencias de la Universidad Mayor de San Marcos. Los estudios en estas aulas eran requisito, para 3 años después, postular a la Facultad de Medicina de San Fernando. 


Durante esos primeros años en la Facultad de Ciencias, Carrión y sus amigos discutían y asimilaban la nueva visión del mundo, que venía desde Europa. Como nunca antes, se buscaba explicar la naturaleza mediante leyes; y generalmente, contradiciendo la propia fe.


Para los jóvenes de entonces se hacía dificil, que todo se movía, de acuerdo a la divina providencia. La razón y la Ciencia, exigían repuestas más profundas. 


Entre el notable grupo de profesores de la Facultad de Ciencias, estaba el naturalista, don Antonio Raimondi. El dictaba clases de Historia Natural, Química Analítica y Minerología. Carrión le tenía una particular estima, porque el sabio italiano, en sus interminables recorridos por el Perú, había trepado hasta Cerro de Pasco, su lejana y entrañada tierra.


Allá en la puna, permanecían sus padres y hermanos (Teodoro y Mario), allá estaba el calor familiar, mientras él en Lima soportaba la nostalgia en modestas pensiones en Lima. En ese tiempo el joven Carrión escribió: "Mi jamás olvidada mamá, estoy haciendo todos los esfuerzos para estar en compañía de ustedes".


En sus breves periodos vacacionales, regresaba a Cerro, a esa tierra fría y solitaria, difícil de amar cuando no se ha nacido allí. Durante sus últimas vacaciones escolares no pudo viajar, tenía que prepararse para postular a la Facultad de Medicina de San Fernando; no había sido aceptado en un primer y apurado intento, pero no se desalentó. 


Decidió estudiar más intensamente, probar de nuevo, y en eso estaba, cuando una mañana del 5 de abril de 1879, los periódicos aparecieron proclamando en grandes titulares: "El Perú está en peligro, Chile nos declara la Guerra".







Cuando Carrión ingresó a la Facultad de Medicina, los ecos de la guerra eran cada día más amenazadores, Grau por el mar y Bolognesi por tierra habían perdido la principal defensa nacional; la ocupación enemiga de nuestro territorio, era cuestión de semanas.


Pronto, Lima vivía las estrecheses de la guerra y las angustias de una probable destrucción.


Extraído de: "Grandes Biografías". Por: Alejandro Guerrero.

martes, 13 de octubre de 2009

Daniel Alcides Carrión (1/6)



El hombre acostado sobre la cama ya no respondía a las preguntas, sus ojos estaban cerrados y su frente continuaba ardiendo; quien sabe si ya estaba sumergido en las brumas de la muerte.

Desde niño había soñado con ser médico, sobretodo cuando veía las penurias y los males de los mineros de su pueblo natal, Cerro de Pasco. Pero ahora, irónicamente, solo era un paciente, agonizando en la cama de un antiguo hospital.

Se había inoculado una enfermedad para estudiarla, conocer su proceso y buscar la manera de combatirla. Aún cuando algunos pensaron que era un suicida, el sabía perfectamente lo que hacía; había utilizado su propio cuerpo como un laboratorio, y siempre tuvo la esperanza de terminar bien su experimento. El destino tenía otros planes, la enfermedad le ganó la partida, y lo obligo a pagar con su vida la audacia de querer investigar.

Sus amigos de la Facultad de Medicina que lo acompañaban, veían como por momentos la fiebre lo llevaba a perder la conciencia. Se preguntaban alrededor del lecho: ¿Todavía podrá reconocernos?, ¿Recordará aún su propio nombre?.

Repentinamente el paciente se estremece, se agita en la cama y parece que se esfuerza por decir algo. Un amigo le alcanza la tablilla, que ha servido para comunicarse con él, desde que perdió el habla; y allí, con mano temblorosa, el hombre escribe sus últimas palabras: "Daniel Alcides Carrión".

Todavía tenía lucidez, recordaba el nombre que le pusieron en la pequeña iglesia del barrio de Chaupimarca, en la ciudad de Cerro de Pasco. Allí, al lado de la antigua pila bautismal, y en brazos de sus padres, recibió el primer sacramento cristiano, junto con su nombre: Daniel Carrión.

Daniel nació en el pueblo platero de Quiulacocha (Laguna de las Gaviotas, en Quechua), el 13 de agosto de 1857. Pocos días después de su nacimiento, sus padres se trasladaron a Cerro de Pasco (4338 msnm). Es esa época, la ciudad albergaba alrededor de seis mil habitantes, la mayoría de su población tenía sus orígenes en los departamentos vecinos; pero ahora se habían sumado migrantes de Europa, y de otros países americanos. Su riqueza la había convertido ahora en una ciudad cosmopolita.

El padre de Daniel Carrión, el médico Don Baltazar Carrión, era uno de esos migrantes; había venido de Loja, Ecuador, para ejercer su profesión en los asientos mineros. La madre era una joven cerreña de Quiulacocha, llamada Dolores García Navarro.

Sus primeros años escolares transcurrieron en la escuela municipal. En su camino a la escuela, se cruzaba con las manadas de mulas, llamas, cargadas de mineral, que iban rumbo a los molinos. El escolar Carrión sabía lo que costaba extraer esas piedras incrustadas de plata, hierro o zinc por parte de los Capacheros, antiguos mineros de Cerro de Pasco. Los socavones estaban muy cerca, y era fácil saber que en esos lugares, cientos de obreros dejaban su vida.

Tal vez en la escuela recibió la noticia más dolorosa de su vida, su padre había muerto al disparársele accidentalmente una escopeta. En 1870, cuando tenía 13 años, fue enviado a Tarma, a concluir sus estudios primarios e iniciar su educación secundaria.

Para entonces su madre se había unido a Don Alejo Valdivieso, un migrante también ecuatoriano, que llenó su carencia paterna, y se convirtió en su guía y protector; Daniel Carrión jamás se refirió a él como padrastro.

En el año 1873, inicia una nueva etapa en su vida, se aleja de Cerro de Pasco, y viaja a Lima a terminar su secundaria. Atraviesa a caballo la cordillera, sus paramos, sus cumbres y sus asientos mineros, rumbo a la estación del tren.

Al llegar a la estación del tren en San Mateo, el joven Carrión pensó por un momento en las miles de vidas que había costado la construcción de ese tramo del ferrocarril. En ese tiempo, los trabajadores morían atacados por una enfermedad desconocida, que producía fiebres muy altas y anemias; y algunas veces brotes verrucosos, se le llamaba: Fiebre de la Oroya.




Carrión sentado en uno de los vagones, todavía no sabía que él sería uno de los paladines en la lucha contra esa enfermedad. Ahora tal vez, sólo trataba de imaginar como sería la ciudad en la que un día quisiera titularse de médico. El tren corría veloz, pronto conocería Lima.

Extraído de: "Grandes Biografías". Por: Alejandro Guerrero.

viernes, 2 de octubre de 2009

Carrión: ¿Estudiante o Doctor?

5 de Octubre: Día de la Medicina Peruana




Esta semana se celebra en nuestro país el Día de la Medicina Peruana, en honor a la inmolación de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión. En todo el país, más que un día, se celebra la semana de la medicina, con festejos en todas las instituciones ligadas a la salud, Ministerio de Salud, Colegio Médico y Facultades de Medicina.

Luego de 124 años de fallecimiento, se recuerda un acto de heroísmo y de suprema entrega e identificación con los más altos ideales de la medicina; Carrión ofrendó su vida para estudiar el desarrollo y la evolución de la verruga peruana, bartonelosis, o también llamada Enfermedad de Carrión. Las celebraciones incluye la ceremonia central en Lima y en las diferentes ciudades del país se han programado diversas actividades conmemorativas.

Carrión, en estado de agonía, fue trasladado a la Clínica Maison de Santé, el 4 de octubre y falleció al día siguiente, era el 5 de octubre de 1885, habiendo transcurrido cuarenta días desde la inoculación. Sus últimas palabras fueron: “C´est fini: esto se acabó”. Antes de las mismas alcanzó expresar el deseo de que los estudios siguieran adelante, consciente de haber contribuido al mejor conocimiento de la dolencia que hoy lleva su nombre: "Aún no he muerto..amigo mío; ahora les toca a ustedes terminar la obra comenzada, siguiendo el camino que les he trazado.

Daniel Alcides Carrión García fue tal vez, el estudiante de medicina más famoso que ha tenido el Perú. Aunque no llegó a ser médico, ya que falleció a la edad de 28 años, siendo un aplicado alumno de 5to año de la Facultad de Medicina San Fernando de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; fue elevado a los altares como galeno peruano, expidiéndole el Nº 00001 por el Colegio Médico del Perú, el primero de más de 50 mil miembros que existimos hoy en día en nuestro país.

La Universidad de San Marcos le concede aprobados sus cursos de quinto año, por lo que se determina finalmente a Carrión como alumno de sexto año de medicina humana. Al conmemorarse 100 años de su fallecimiento, el 5 de octubre de 1985, la Universidad Nacional San Luis Gonzaga de Ica, le otorga el Grado de Bachiller en Medicina y el Título de Médico Cirujano Post Memoriam, debido a ello la Facultad de Medicina de Ica, pasa a llamarse “Daniel Alcides Carrión”; reconociéndosele desde entonces como Profesional Médico Colegiado de la Ciencia Médica Peruana. En ese mismo año, la Universidad de San Marcos lo reconoce como Doctor Honoris Causa, ganándose el derecho a llamarlo: Dr. Carrión.
Por todo ello, esta semana, no sólo los médicos debemos celebrarlo, también todos aquellos que en algún momento de su vida fueron pacientes y tuvieron la atención y el servicio de quienes estudiamos para brindarle bienestar y salud a la población.





La celebración es más intensa entre los entusiastas alumnos de las diferentes facultades de medicina del país, recordando que el ahora Dr. Carrión, fue y murió como un estudiante de medicina aplicada e investigador, entre sus apuntes se encontraba su trabajo para poder optar a su grado de bachiller. Como él, existen muchísimos, y por las aulas limeñas y chiclayanas he conocido a varios de ellos, investigadores natos, y apasionados estudiosos de la medicina a quienes va dedicado este artículo, y quienes aún sin ser médicos, como Carrión, pueden sentirse como tales, a todos Uds. Doctores, Feliz Día de la Medicina Peruana!.