viernes, 17 de abril de 2009

El enfermero Martín


Martín fue hijo de un español, Don Juan de Porres y de una negra liberta panameña, Ana Velázquez, que residía en Lima. Nació el 9 de diciembre de 1579, en Lima y murió el 3 de noviembre de 1639 a la edad de 59 años. Fue beatificado en el año 1837 por el papa Gregorio XVI y canonizado el 6 de mayo de 1962 por el papa Juan XXIII. Los motivos de convertir en santo a este ilustre e inolvidable peruano de la época colonial, fueron más allá de lo que comúnmente conocemos. Fray Martín, además de su fiel devoción a los hábitos dominicos, es destacado por sus amplios conocimientos al servicio de la salud de cualquiera que buscara su ayuda, era uno de los primeros enfermeros que la historia del Perú pueda identificar; además, se le identifica como Cirujano menor (Les llamaban barberos en esa época), farmacólogo (herbolario), odontólogo (sacamuelas) y médico veterinario. Fue el mismo Ricardo Palma, que en sus Tradiciones Peruanas le endilgó el sustantivo de enfermero en muchos de sus pasajes históricos.

Martín debió de empezar su labor como enfermero entre 1604 y 1610. Inició su aprendizaje de boticario en la casa de Mateo Pastor, quien se casaría con la hija de su tutora. Esta experiencia sería clave para Martín, conocido luego como gran herbolario y curador de enfermos, puesto que los boticarios hacían curaciones menores y administraban remedios para los casos comunes. También fue aprendiz de barbero, oficio que conllevaba conocimientos de cirugía menor.

En el convento, Martín ejerció también como barbero, ropero, sangrador y sacamuelas. Su celda quedaba en el claustro de la enfermería. Todo el aprendizaje como herbolario en la botica y como barbero hicieron de Martín un curador de enfermos, sobre todo de los más pobres y necesitados, a quienes no dudaba en regalar la ropa de los enfermos. Su fama se hizo muy notoria y acudía gente muy necesitada en grandes cantidades.

Su labor era amplia: tomaba el pulso, palpaba, vendaba, entablillaba, sacaba muelas, extirpaba lobanillos, suturaba, succionaba heridas sangrantes e imponía las manos con destreza. En Martín confluyeron las tradiciones medicinales española, andina y africana; solía sembrar en un huerto una variedad de plantas que luego combinaba en remedios para los pobres y enfermos.

Su preocupación por los pobres fue notable. Se sabe que los desvalidos lo esperaban en la portería para que los curase de sus enfermedades y les diera de comer. Martín trataba de no exhibirse y hacerlo en la mayor privacidad. La caridad de Martín no se circunscribía a las personas, sino que también se proyectaba a los animales, sobre todo cuando los veía heridos o faltos de alimentos. Tenía separada en la casa de su hermana (que ya estaba casada y en buena posición social) un lugar donde albergaba a gatos y perros sarnosos, llagados y enfermos.

La personalidad carismática de Martín hizo que fuera buscado por personas de todos los estratos sociales, altos dignatarios de la Iglesia y del Gobierno, gente sencilla, ricos y pobres, todos tenían en Martín alivio a sus necesidades espirituales, físicas ó materiales. Su entera disposición y su ayuda incondicional al prójimo propició que fuera visto como un hombre santo. En la actualidad, todas estas son características de la medicina humanista, corriente cada vez más difundida entre las nuevas facultades de medicina en el Perú. Muchos enfermos lo primero que pedían cuando se sentían graves era: "Que venga el santo hermano Martín". Y él nunca negaba un favor a quien podía hacerlo.

Se le atribuyó también el don de la sanación, de los cuales quedan muchos testimonios, siendo las más sorprendentes la curación de enfermos desahuciados. "Yo te curo, Dios te sana" era la frase que siempre solía decir para evitar muestras de veneración a su persona. Según los testimonios de la época, a veces se trataba de curaciones instantáneas, en otras bastaba tan sólo su presencia para que el enfermo desahuciado iniciara un sorprendente y firme proceso de recuperación. (efecto placebo).

Normalmente los remedios por él dispuestos eran los indicados para el caso, pero en otras ocasiones, cuando no disponía de ellos, acudía a medios inverosímiles con iguales resultados. Con unas vendas y vino tibio sanó a un niño que se había partido las dos piernas, o aplicando un trozo de suela al brazo de un donado zapatero lo curó de una grave infección.

Debido a su vida al servicio de la salud y cuidado de los pacientes y enfermos, es que a San Martín de Porres se le ha nombrado Patrón de los Enfermos, Patrón de los Químicos Farmacéuticos del Perú, Patrón de la Sanidad de las fuerzas policiales del Perú y Patrón de la Universidad de San Martín de Porres, en Lima – Perú.