miércoles, 4 de noviembre de 2009

Daniel Alcides Carrión (4/6)


La Enfermedad de la Verruga o Verruga andícola, ya se conocía en el Perú desde tiempos precolombinos. Los antiguos pueblos Moche y Chancay la padecieron, y dejaron testimonio de ello en su cerámica.


Se aprecian huacos donde aparecen pobladores de aquellos tiempos, con el cuerpo cubierto de grandes verrugas, hablan por sí mismos de la difusión y el impacto que tenía la enfermedad en las comunidades desde aquel entonces.


La Verruga es una dolencia propia de los valles interandinos que se ubican entre los 500 y 3200 metros sobre el nivel del mar (msnm), y es muy conocida en el Perú, Ecuador y Colombia. En nuestro país, es más persistente en los departamentos de Ancash, Lima, Cajamarca, La Libertad y Piura (Valle Norte Peruano). 


En quechua se le conoce con el nombre de “Sirki” (verrugas de sangre) o “Kccepe; con estas palabras se la diferencia de le verruga pequeña y ordinaria, llamada “Ticti” (Verruga vulgar).


Durante la Colonia, la verruga fue una epidemia que cobró muchas vidas entre los conquistadores. Los españoles atribuyeron su origen a las aguas estancadas de los puquios y lagunas pequeñas. Ellos pensaban que esas aguas despedían una emanación maligna e insalubre, que infectaba a los humanos, haciéndole brotar esos granos horribles que conocían como Verruga; por eso evitaban pasar cerca de los puquios, y por supuesto, jamás bebían de ellas.


Antes de venir a Lima, cuando todavía vivía en su Cerro de Pasco natal, Daniel Carrión escuchó los comentarios acerca de unas fiebres desconocidas, que estaban atacando a los trabajadores que construían el Ferrocarril Central. Se le llamaba Fiebre de la Oroya, en alusión al destino del primer tramo del ferrocarril.


La audacia de su constructor, don Enrique Meiggs, hizo posible que la línea del ferrocarril venciera las gigantescas cumbres andinas, atravesando páramos y nevados, por donde jamás se habían atrevido las máquinas humanas.


Sólo esa fiebre maligna, que batía por cientos a los trabajadores, pudo poner en riesgo su empresa. Los obreros desertaban y huían asustados a sus pueblos, al ver que de cada cien compañeros infectados, veinte no lograban superar la enfermedad; y morían sin remedio en los hospitales de campaña, ante la impotencia de los médicos.





7 mil trabajadores dejaron su vida en la construcción del ferrocarril. Incluso, existe un Puente llamado Verrugas, hoy llamado Puente Daniel Carrión, ubicado en el Km 84 de la vía del ferrocarril central, en Huarochirí, Lima. El puente de acero, esta a 1800 msnm, tiene 218 metros de largo y se halla a 80 metros sobre la carretera central, tuvo tantos muertos por la enfermedad durante su construcción como durmientes (traviesas horizontales) tiene la vía.


Daniel Carrión, que ahora estudiaba la Enfermedad de la Verruga, encontró que los síntomas de la fiebre de los trabajadores ferroviarios, se parecían muchísimo a la enfermedad que él estaba investigando.


En las Historias Clínicas que el coleccionaba, había anotado que los brotes verrucosos eran precedidos de una fiebre similar, también causante de anemia. Pero sus observaciones no lograban cuajar en una teoría definitiva; los numerosos conceptos contradictorios o equivocados propios de la época, lo hacían dudar, revisar conceptos y buscar lecturas más actualizadas.


La Fiebre de la Oroya, en efecto, se parecía mucho a la Verruga; nadie podía afirmar categóricamente, que ambas eran la misma enfermedad. Lo peor de todo, eran las pocas herramientas con que podía contar un investigador de ese tiempo. La ocupación chilena mantenía bloqueados nuestros puertos, y la información científica proveniente de otras partes del mundo, no lograba entrar en el Callao.


Pero los ocupantes al fin se fueron, se acabaron tres años de incomunicación entre los investigadores del Perú y del mundo. Según relata el Dr. Uriel García, ex Ministro de Salud, entre enero a julio de 1884 llega una avalancha de noticias: “todos los estudiantes, los profesores de medicina se admiran de ver existían las bacterias, los cocos, los bacilos”, noticias que recién llegaban al Perú “aprendieron que el hematozoario de Laveran era el causante del Paludismo, descubierta en 1882, el descubrimiento del Bacilo de Koch el mismo año”; es decir, hay toda una avalancha de información que motiva la imaginación creativa de los jóvenes estudiantes.



Carrión se quedó impresionado con el mayor descubrimiento científico de entonces: Los Microbios. El avance de la ciencia había permitido a los científicos asomarse a un mundo microscópico, que era más peligroso para el hombre, que cualquier arma sobre la tierra. Por primera vez se conocía de la existencia de los Virus y de las Bacterias.


Sus dudas empezaban a aclararse, y en todo caso, para conocer a profundidad algunas enfermedades, supo que había un método novedoso y audaz: las inoculaciones. Inyectarse los microbios de una enfermedad y estudiar la evolución en el propio cuerpo.


En su cuaderno de notas escribió: “estas oscuridades, estas incertidumbres, dejarán de existir, estoy seguro, el día en que la práctica de las inoculaciones se domicilie entre nosotros”. No espero mucho tiempo más, hasta ese momento había registrado en nueve historias clínicas, el proceso de la enfermedad verrucosa; decidió que él mismo sería la décima historia.


Qué demostraría al inocularse y reproducir la enfermedad de la verruga en su propio organismo:
Primero: Que la enfermedad era producida por un germen, capaz de pasar de un ser humano a otro. De este modo, quedarían desechadas las teorías que todavía sostenían, que la enfermedad tenía su origen en los vapores de las aguas estancadas.
Segundo: Despejar lo que llamaba “oscuridades” e “incertidumbres”, y confirmar sus sospechas de que había una relación sustancial entre la Enfermedad de la Verruga y la Fiebre de la Oroya. A partir de allí, sería más fácil el recorrido, hacia un tratamiento efectivo.


La mañana del 27 de agosto de 1885, Daniel Carrión llega al Hospital Dos de Mayo, viene resuelto a inocularse sangre del brote de verruga de la paciente Carmen Paredes, una joven de 15 años, a quien había localizado días antes en el Pabellón Nuestra Señora de las Mercedes. Sabía a lo que se enfrentaba al inocularse, no era un hombre ingenuo o puramente atrevido.


En esta sala se disponía a culminar 4 años de investigaciones, sabía y así lo había escrito, que el microbio incubaría en su cuerpo durante un tiempo indefinido, entre 8 y 40 días, y que después le vendría un periodo de malestar general y cansancio, seguido de otro momento de intensos dolores óseos, y fiebres de más de 40 grados. Esos iban a ser sus padecimientos, pero no iba a morir; era un experimento riesgoso, pero la enfermedad no era necesariamente fatal.



Tanto él como el Dr. Evaristo Chávez, su amigo médico, intento disuadirlo, y que luego lo ayudó a inocularse, al ver que su decisión era indeclinable. Esperaban que como otros enfermos de Verrugas, él pudiera salir adelante; sin embargo, Carrión le confesó a uno de sus amigos, que de no remontar la enfermedad, habría pagado con su vida, su deseo de prestar un servicio importante a la humanidad doliente.


Durante los inciertos días que vendrían después, tendría que esperar y observar atentamente su propio cuerpo


Extraído de: "Grandes Biografías". Por: Alejandro Guerrero.